Foto: Forbes México

Fue a principios de semana cuando Alejandro Díaz de León Carrillo, el gobernador del Banco de México (Banxico) quien sustituyó a Agustín Carstens desde diciembre del 2017, presentó el nuevo billete de 500 pesos, abriendo así, el camino para una nueva familia de billetes. La familia G, se conformará por billetes de seis denominaciones ($50, $100, $200, $500, $1000 y $2000) y se centrará en la identidad histórica y el patrimonio natural del país.

El nuevo billete de 500 que empezó a circular desde el martes 28 de agosto, causó revuelo nacional no sólo por el diseño sino por tener al anverso al prócer de la Reforma, Benito Juárez, quién muchos pensaron repetía en dos billetes (el de $20, que dejará de circular y será sustituido por la moneda). Sin embargo, lo verdaderamente destacable o que por lo menos a mi parecer es lo más importante de esta medida, es la posible emisión de un billete con la denominación más alta en nuestra historia. El billete de 2,000 pesos, de emitirse, tendrá en el anverso al México contemporáneo representado por Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura y por Rosario Castellanos una de las escritoras más famosas de nuestro país, y al reverso, el paisaje agavero y las antiguas instalaciones industriales de tequila en Jalisco. Este billete, debería llenarnos de escepticismo a cerca de cómo van las cosas en el país.

“En caso de que sea necesario emitir la denominación de 2000 pesos, ésta tendrá los siguientes componente económicos…” Explica el Banco de México, en una imagen en dónde se muestran las características de la nueva familia de billetes.

Las razones por las cuales nuestra casa emisora está contemplando imprimir un billete de dicha denominación, me llevan a preguntarme: ¿qué significa “en caso de necesitarlo”? Si bien es cierto, la amonedación debe adaptarse a las circunstancias y necesidades del país ¿la necesidad de emitir un nuevo billete responde a razones inflacionarias?

Un billete de 2 mil

La inflación no es algo nuevo para nuestro país, pues en las décadas de los setenta y ochenta, sobre todo, por los efectos de la crisis internacional de petróleo y por la propia crisis política interna, México enfrentó varias inflaciones que mermaron la capacidad de compra de los mexicanos. En aquella época, consecuencia del aumento acelerado de los precios (inflación), los billetes de altas denominaciones eran cada vez mas utilizados por la población ya que las compras se realizaban en miles de pesos o en cientos de miles de pesos. Razón por la cual, en 1992, en un ajuste necesario para mantener la inflación controlada, facilitar la contabilidad y para parecer un país en desarrollo con buenas prácticas económicas en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), se decretó en el DOF, un nuevo cono monetario; los billetes y monedas de la nueva unidad contenían la expresión “nuevos pesos” o el símbolo “N$” y eran equivalente a mil pesos actuales.

Más de 10 años después, el Banco de México emitía su primer billete con la denominación más alta de entonces, el billete de 1,000 pesos, también impreso en papel algodón, empezó a circular a partir de 15 de noviembre de 2004.

El lunes, el gobernador del banco central mexicano, declaró que la nueva familia de billetes, tiene por objetivo reforzar la seguridad de la moneda, es decir, la Institución emitiría nuevos billetes que fueran más difíciles de replicar, más resistentes, y con nuevos elementos de seguridad, sobre todo, el billete de 500, que es el que más utilizamos en el país.

También declaró que los billetes surgen de la necesidad de facilitar la autenticación para los usuarios, incluyendo a personas con debilidad visual y ceguera.  Por lo cual, en 2013, se aprobó una nueva generación de billetes con medidas como: relieves sensibles al tacto, denominación multicolor, hilo dinámico, marca de agua, folio creciente, fondos lineales, papel de algodón y fluorescencia.

Es cierto que la pérdida de valor de una moneda no sólo depende de factores internos, como por ejemplo, la toma de decisiones del presidente, sino también de factores externos. Como clara muestra de ello, el peso mexicano cerró el primer semestre del 2018 tambaleándose gracias al contexto internacional: decisiones de la Reserva Federal de Estados Unidos (FED), la incertidumbre de las re-negociaciones del TLCAN, la guerra comercial Estados Unidos-China y la Unión Europea, además por supuesto, de un factor político que causó nerviosismo, el proceso electoral presidencial de julio.

Si hay un billete más grande, entonces, ganaremos mas ¿no?

Aunque las medidas del Banco de México parezcan responder a otros factores que nada tienen que ver con la inflación, no debemos errar y caer en la falsa ilusión de que a mayor impresión de billetes “grandes”, más rico es el país. Pues la realidad podría estar más alejada de dicha creencia, sobre todo si en efecto se llega a necesitar emitir un billete de 2 mil pesos. Otras palabras para traducir esta medida, es que los mexicanos necesitamos más dinero para comprar lo mismo que comprábamos hace [un par de] años pero a menor precio. El dólar estaba por debajo de los 13 pesos cuando Peña Nieto asumió el cargo en 2012, hoy en día nuestra moneda es casi un 50% más débil en comparación con el dólar.

Para ilustrar lo anterior, datos del Sistema Nacional de Información e Integración de Mercados (SNIIM), reflejan que a finales de 2012, el precio promedio de las tortillas oscilaba entre los 11 pesos en Mérida y Xalapa. Un sexenio después (como los politólogos medimos el tiempo), el precio de las tortillas aumentó casi 7 pesos mas.

Es verdad que la inflación es un proceso normal que enfrentan las economías en todos los países de este mundo globalizado y que incluso su aumento (progresivo y muy leve) no es notorio para la población, sin embargo, lo que sí determina qué tan severa es la inflación, es al ritmo al que aumenta en un lapso de tiempo. Si no, veamos el caso de las hiperinflaciones de Venezuela o Zimbawue (click para leer más sobre el tema). En nuestro país, el crecimiento acelerado que han presentado los insumos en general, ha repercutido negativamente en nuestra economía, pues según el INEGI, de diciembre de 2012 hasta junio de 2018, la inflación ha aumentado 23.34%, es decir, que aproximadamente los precios han aumentado 0.32% cada mes.

El siguiente cuadro presenta el alza de algunos insumos y servicios que destacaron por su incidencia sobre la inflación general en diciembre del año pasado.

Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a principios de este año, México registró la segunda mayor inflación de alimentos, sólo por debajo de Turquía (8.8%) y la cuarta más alta en  los precios de energéticos entre los países miembros.

Sin embargo, el pronostico del Fondo Monetario Internacional (FMI) para este año parece ser más alentador. El FMI estima que cuando se disipen los efectos del alza en las gasolinas, la tasa de inflación para nuestro país, se reducirá a 4.4%, en contraste con el 6% del 2017. Además, también prevee que para el próximo año, se reduzca hasta un 3%. Si bien, éstas son meras proyecciones, sería arriesgado pero también factible, atrevernos a pensar que en 2020 no veremos ni a Octavio Paz ni a Rosario Castellanos circulando por nuestras carteras.

Después de todo, no es tan emocionante que Benito Juárez haya saltado del 20 al 500, ¿verdad?