En la elecciones presidenciales de Francia de 2017 se encontraba contendiendo por la ultra derecha francesa Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional, quien representaba el nacionalismo y la xenofobia, corrientes que en los últimos años han recrudecido en Europa.

El candidato del ex Presidente François Hollande, Benoit Hamon, representaba la continuidad del oficialismo. Hamon sufrió una derrota, reflejo del desapruebo a la administración de Hollande.

El candidato conservador, François Fillon, representaba al partido de Los Republicanos, que gobernó Francia de 1995 a 2012 y que perdió la elección de 2017 debido a los escándalos de corrupción de los que fue objeto su candidato.  

Además de ellos, en representación de la izquierda francesa se encontraba Jean-Luc Mélenchon. Sin embargo, Emmanuel Macron era el favorito de la contienda, en virtud a su falta de filiación política, lo que los franceses identificaron como un cambio.

Con la abstención de voto más alta desde 1969, Francia elegió a Emmanuel Macron, un economista sin experiencia política como su Presidente. Macron, a quien se le identificaba como un centrista en virtud a su desapego con las corrientes ideológicas dominantes (aquí me refiero a la izquierda y la derecha) ganó porque los votantes no querían a un candidato del sistema, pero tampoco a uno que representara la derecha o la izquierda radical.

Gobernar para las élites

Si bien, desde su llegada al Poder Ejecutivo en mayo del 2017, la comunidad internacional vio a Macron como el “Trudeau” francés, sobre todo por su juventud y por ser ambos la nueva cara de los neoliberales progresistas. Pero al interior de Francia, la popularidad del mandatario empezó a mermar.

A más de un año de llegar al Palacio del Elíseo (Palais de l’Élysée en francés) Macron propuso una serie de reformas que provocaron un rechazo colectivo al ser consideradas reformas desconectadas de la realidad.

En septimbre del 2018, la encuesta de IFOP para Le Journal du Dimanche, señaló la caída de 26 puntos en la popularidad del Presidente.


Reuters /Charles Platiau

Sin embargo, pese a su impopularidad, Macron continuó firme en sus reformas, entre las cuales destacaba, eliminar el impuesto a la fortuna (ISF), un impuesto creado por los socialistas para gravar los patrimonios que asciendan los 790.000 euros y que para los derechistas propicia la fuga de contribuyentes.

Esta medida anunciada por Macron, le valió para ser considerado “el presidente de los ricos” .

Los chalecos amarillos

Aún antes de dicha encuesta, el descontento de la población rural venía acrecentando hasta que el 17 de noviembre surgió el primer levantamiento civil del movimiento social conocido más adelante como “Los chalecos amarillos” (gilets jaunes en francés).

Reuters/Christian Hartmann

El aumento del precio del gasóleo o diésel en nombre del medio ambiente (el cual aún sin la reforma ha aumentado 16% sólo en 2018), detonó la creación de este movimiento heterogéneo que nació de la indignación y que agrupó a la clase media con la población rural francesa ignorada por la administración centrista de Macron que ha beneficiado al sector privado inspirado en el modelo neoliberal.

Si bien, el impuesto al diésel es una política que busca disminuir el uso del automóvil, también es una política que refleja el distanciamiento de Macron con el pueblo al que gobierna. Francia no sólo es Paris, la capital con un transporte público de calidad y con sus bicicletas. Aunque en Francia todo esté centralizado en la capital, lo que se le reprocha con justa razón a Macron es que ignore que Francia también es la de las ciudades de la periferia con poca conectividad y con un transporte público deficiente que los obliga al uso del automóvil.

Con el aumento de la violencia producto de las protestas de los Chalecos Amarillos y con la polarización de movimiento, sobre todo con el apoyo de la derecha radical, al Presidente Emmanuel Macron no le quedó otra alternativa que ceder ante las peticiones de “Los chalecos amarillos”.

El 4 de diciembre del 2018, en medio de la crisis más grave que ha tenido su gobierno, Macron postergó 6 meses más su reforma de aumentar el impuesto al diésel y la gasolina, que habría entrado en vigor el 1 de enero.

Además, prometió aumentar el salario mínimo 100 euros (aprox. 2,213.20 pesos) a partir de 2019, canceló el aumento a los impuestos de las pensiones y el pago de horas extras y alentó a los empleadores a pagar un bono de fin de año exento de impuestos aunque se negó a re-instaurar el impuesto a la riqueza.

Comentarios finales

El que Macron haya cedido a las exigencias de “Los chalecos amarillos”, en parte, se debe a que el movimiento está acéfalo al no estar identificado con un partido político, por lo que los opositores de Macron, Le Pen y Mélenchon, podrían sumar a los manifestantes a sus filas.

Aunque después de 8 sábados, “Los chalecos amarillos” siguen protestando, lo cierto es que el número de congregados ha disminuido drásticamente, comparado con los más de 250,000 manifestantes del 17 de noviembre. Lo que también ha provocado que el gobierno de Macron recrudezca su discurso.

El caso de Francia, retrata el problema de cuando las élites gobiernan.

El problema de las élites generalmente homogéneas y mayoritariamente conformadas por hombres provenientes de las clases privilegiadas, desligadas de la realidad de la sociedad, es que consideran que su realidad es representativa para el resto de la población, cuando en realidad no es así. El problema de cuando las élites gobiernan, es que se agudiza la desigualdad.

El problema de la élite francesa es que los que gobiernan son asesorados por una élite económica y política con nula experiencia en la administración pública y con una realidad totalmente desconectada de la del pueblo.