El aplastante triunfo en la primera vuelta de las elecciones brasileñas del candidato ultraconservador, Jair Bolsonaro (con más de 20 puntos frente al candidato oficialista y hombre del que fuera la figura principal de la izquierda latinoamericana, Lula Da Silva), así como también, las controvertidas elecciones presidenciales de Costa Rica (en las cuales, gracias a un empate técnico, un predicador y cantante evangélico, Fabricio Alvarado, del partido confesional Restauración Nacional (PRN, logró llegar a la segunda vuelta electoral, aunque después perdiera contra el candidato oficialista) sólo pueden ser consecuencia del auge del discurso nacionalista, conservador y radical de la extrema derecha.

La extrema o ultraderecha suele llamarse a sí misma “nueva” derecha, sin embargo, no es más que un “viejo” (arcaico, antiguo, gastado) movimiento que parece ofrecer las alternativas que hace mucho, los partidos del oficialismo (el PT en Brasil, por ejemplo) dejaron de ofrecer.

Jair Bolsonaro en Brasil, Fabricio Alvarado en Costa Rica, Marie Le Pen en Francia, Donald Trump en EE.UU, Matteo Salvini en Italia, Jimmie Åkesso en Suecia, Katrin Ebner-Steiner en Alemania así como Pedro Kunstmann en Chile, son sólo algunos ejemplos de los personajes que representan la nueva cara del añejo populismo radical de derecha.

¿Cuándo surgió la ultra derecha y por qué revivió en pleno siglo XXI?

Si tomamos como base a los principales exponentes de las autocracias, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (en alemán: Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei) de Hitler y en Italia, el Partido Nacional Fascista (en italiano: Partito Nazionale Fascista, PNF) de Mussolini, tenemos que después de la crisis de 1929, durante la década de los 30’s, con la excepción de Checoslovaquia, el viejo continente se encontraba regido por gobiernos dictatoriales. Estas dictaduras eran característicamente nacionalistas y limitaban las libertades humanas que gozan las sociedades europeas hoy en día.

El nacionalismo no pasa de ser un rechazo de las injerencias foráneas; pero, en su expresión más extrema, el nacionalismo puede ser una ideología imperialista, racista y la mejor coartada para empresas bélicas criminales“. Fernando Savater.

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Con lo anterior, se puede ilustrar que éstos movimientos sociopolíticos no son nuevos, aun así, los éxitos que han tenido recientemente han provocado “terremotos electorales” en nuestras sociedades. Así, lo que antes era visto como un movimiento sin importancia, hoy se ha magnificado a un grado difícil de ignorar.

Después de la crisis económica de 2008, en la mayoría de los procesos electorales la gente ha agrupado a los partidos en dos grandes categorías: por un lado, los partidos del “establishment o partidos tradicionales/oficiales que han estado siempre en el gobierno y que ya no son percibidos como alternativa por su limitado margen de maniobra, perdiendo atractivo entre los votantes.

En la otra corriente, se encuentra la antítesis de éstos, los “antiestablishment” o antisistema, partidos radicales y populistas, término que aplica tanto para la izquierda como para la derecha, que en apariencia proporcionan respuestas a las demandas sociales que no se han cumplido y que se reflejan en el descontento popular y el rechazo al sistema político actual. Pero que en realidad, son sólo una máscara. Los partidos de ultraderecha han resurgido como parte del “antiestablishment” usando la xenofobia y el chovinismo como propaganda electoral para revitalizar su movimiento.

Diferencias entre la ultraderecha europea y la ultraderecha latinoamericana

En esencia, la derecha radical europea y la latinoamericana son similares, sin embargo, tienen diferentes causas e intereses.

En Europa, la derecha extrema se rige bajo tres objetivos electorales: la xenofobia anti-inmigrante producto de la guerras actuales, la política proteccionista contra la Unión Europea (UE) y la desconfianza de la clase política tradicional acusada de inmovilidad frente a la corrupción.

Mientras que en América Latina, el discurso hace hincapié en el agotamiento del sistema político, el deficiente funcionamiento de las instituciones del Estado, así como en la corrupción de los líderes de izquierda.

Con la victoria de Hugo Chávez en 1999, siguió una serie de gobiernos de izquierda que terminaron en 2015 con el triunfo de Mauricio Macri en Argentina. Un año después, en otro revés para la izquierda, en Perú se eligió a Pedro Pablo Kuczynski un ex inversionista bancario y en Brasil, se destituyó a Dilma Rousseff.

Para los líderes latinoamericanos, el exitoso caso de Cuba siempre ha sido referente y modelo a seguir (en muchos casos, se ha fallado al intentar copiarlo sin adecuarlo a sus contextos y realidades, como en el caso de Maduro en Venezuela). Sin embargo, con el advenimiento de la derecha y los conservadores, es indudable que la “exitosa” izquierda latinoamericana de la década pasada, está en crisis.

La profunda insatisfacción actual de América Latina, consecuencia del estancamiento en el crecimiento económico y la pérdida de apoyo [y poder] que los gobiernos de izquierda tuvieron, mayor influencia de la iglesia evangélica aunado a la incapacidad política para diseñar soluciones efectivas han propiciado que el pueblo voltee a ver a líderes radicales que quieren modificar el status quo ofreciéndonos un cambio más atractivo.

Si bien, nuestro país parece ir contra la corriente al elegir a un presidente de izquierda, lo cierto es que en México, no hemos tenido la oportunidad de regirnos bajo las políticas de la izquierda, por lo que para nosotros tanto la ultraderecha como la izquierda son la alternancia. Es decir, que nuestro país, es la excepción y no la regla, por lo menos momentáneamente.

Bajo ese contexto de descontento no sólo regional, sino mundial que empezó en 2008, sería prudente que los políticos del “establishment” cambiaran su estrategia y dejaran de ser sordos ante las necesidades de una sociedad oprimida y sumergida en la pobreza, el desempleo y la desigualdad, cansada de ver a la clase política rigiéndose por el clientelismo, la corrupción, el lujo y los excesos, lo que ha favorecido el regreso de la extrema derecha.

¿Qué va a pasar en Brasil?

Fuente: Sebastiao Moreira EFE

Gracias a la ira y al enojo, el domingo pasado en Brasil ganó el voto de castigo. La sociedad brasileña inconforme y cansada de creer en personajes mesiánicos votó por un personaje machista, misógino, intolerante, racista y pro-dictadura para sustituir a Michel Temer, el actual presidente de Brasil.

En Brasil, ¿votaron por un hombre que dice que “una mujer fea no merece ser violada” y que ha declarado preferir la muerte de sus hijos antes de que sean homosexuales sólo para castigar a la clase política? O ¿será cierto que los presidentes son una extensión de su pueblo?

Antes de la primera vuelta electoral, las encuestas declaraban que el candidato ultraderechista perdería en la segunda vuelta, al día de hoy, los sondeos le dan la victoria a Bolsonaro el próximo 28 de agosto. Sin embargo, no es fácil predecir qué ruta seguirá este fenómeno. La opción recurrente es que los otros candidatos movilicen el voto a favor del hombre de Lula y la sociedad acepte seguir en el camino del establishment.

El triunfo o la derrota de Bolsonaro está en manos de los que votan. La solución probablemente esté en ver con retrospectiva las consecuencias que han dejado los movimientos racistas, xenófobos, machistas, nacionalistas y dictatoriales.

He ahí la respuesta.