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En el mundo globalizado en el que vivimos, la tragedia del incendio en la Catedral de Notre Dame en Francia no tardó en apoderarse de los medios de comunicación. En pocas horas el incendio que se estaba consumiendo una de las catedrales góticas más antiguas del mundo y el símbolo de la cultura europea que logró sobrevivir además de la Revolución Francesa, dos guerras mundiales, acaparaba la atención de la opinión pública internacional.

Sin embargo, ¿cuál fue la diferencia entre el incendio que ocurrió en septiembre del año pasado en el Museo Nacional de Brasil y el que ocurrió el día de ayer en Notre Dame? El eurocentrismo. El eurocentrismo que hizo del primero un “suceso lamentable” en un país de Latinoamérica y del segundo, una tragedia para toda la humanidad.

La visión eurocéntrica con la que se miró el suceso de ayer provocó que la cobertura y la atención mediática fueran mayores que la que se le dio al incendio del Museo Nacional de Brasil y que, por ende, magnificara el sentimiento de pérdida al tratarse del patrimonio cultural en país del primer mundo y no simplemente de uno, ubicado en el tercero.

Bajo el mito eurocéntrico de la modernidad, se ha impuesto el pensamiento de que Europa es el centro de la historia y la cuna del desarrollo. Por lo tanto, bajo esta premisa, lo ocurrido en “Occidente” es mucho más significativo que lo que ocurre en otras partes del mundo, sobre todo cuando se trata de países como Siria o Irak, por no mencionar países de Latinoamérica.

En Irak, cuna de Mesopotamia la primera civilización, durante la invasión de 2003, “ladrones” prendieron fuego y saquearon el Museo Nacional de Bagdad, la Escuela de Estudios Islámicos, así como la Biblioteca Nacional de Bagdad. Todos estos actos frente a marines estadounidenses que no hicieron nada al respecto.

Los saqueadores además de destruir robaron piezas de invaluable valor de civilizaciones de la antigua Mesopotamia, Sumeria, Acadia, Babilonia y Asiria despojando a la humanidad de un patrimonio cultural indispensable para comprender nuestra historia actual. Aunque el museo volvió a abrir su puertas en 2015, apenas un tercio de las piezas fue recuperado.

Otro ejemplo de la invisibilización que sufren los países no occidentales y de la poca importancia que generan para la comunidad internacional, fue la que sufrió Siria con la destrucción de la Gran Mezquita Omeya de Alepo en 2013.

La mezquita, construida en el siglo VIII por el califa Walid I sobre los restos de un templo romano y de una iglesia bizantina y donde se encontraban los restos del profeta Zacarías, fue destruida como consecuencia de unos bombardeos producto de una guerra provocada por Occidente y que hasta la fecha, no se ha reconstruido.

El eurocentrismo ha provocado que algunos sucesos sean considerados tragedias y a la par, ha provocado que otros no lo sean.

Con lo anterior no quiero decir que lo ocurrido en Notre Dame no sea una verdadera tragedia, porque sí lo es. Pero lo que quiero recalcar, es que para comprender la historia de la humanidad es necesaria la herencia y contribución de todas las civilizaciones y todos los pueblos, no únicamente los de Occidente.

En virtud de que nuestra identidad recae en el valor y la historia de nuestra civilización, no debemos tolerar la destrucción del pasado de los pueblos colonizados solo para seguir magnificando el futuro de las naciones colonizadoras.

“La comprensión del mundo es mucho más amplia que la comprensión occidental del mundo”. (Boaventura de Sousa Santos, 2011).